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Los fuegos del Amazonas

Como ustedes saben, está de moda hablar del Amazonas. Y a menudo se habla con generalizaciones excesivas. Tenemos aquellos que, en nombre de un pretendido desarrollo económico, quieren destruir todo lo que encuentran. Argumentan que los recursos naturales tienen que estar al servicio de las personas y hay que crear hoy fuentes de trabajo, porque las necesidades acuciantes están en el presente.

Del otro lado, están quienes rechazan la tala del pulmón del mundo y creen que la mejor solución es tratar como a un parque nacional intangible a una superficie de un tamaño equivalente al de varios países.

¿Hay un punto de vista intermedio entre quemar todo o dejar todo como está? ¿Es posible un uso sustentable de ese tipo de ecosistemas? Y si lo hubiera, ¿sobre qué bases se apoya?

Sucede, sin embargo, que la Amazonia no es un área natural. A lo largo de miles de años, las diferentes tribus indígenas que la habitaron produjeron profundos cambios ecológicos en esas selvas. Se apoyaron en los mecanismos de la naturaleza (la llamada sucesión ecológica) para reconstruir una selva que tuviera una alta proporción de especies útiles. Es sugestivo pensar que la selva amazónica no es un ecosistema natural sino uno fuertemente artificializado.

Conocer esta forma de trabajo de las tribus indigenas, descubrir su eficacia y contrastarla con la irracionalidad del negocio de la topadora y la quema, nos lleva a pensar de otro modo la tecnología. Para nosotros, tecnología no es una suma de aparatos sofisticados, tal como algunas empresas nos quieren hacer creer. Tecnología es, antes que nada, una manera de usar la cabeza. Por eso queremos comparar la forma de pensar la selva de sus habitantes originarios con la de los tecnócratas actuales. Esta comparación nos lleva a cuestionar aquellos modelos de ciencia puestos al servicio de los intereses económicos.

En esta entrega ustedes reciben una comparación entre la tecnología indígena de usar la selva de un modo sustentable para producir alimentos y la tecnología contemporánea de destruir para siempre, para obtener una rentabilidad del cortísimo plazo. Se trata de un fragmento del libro "La suerte de la selva", de Susanna Hecht y Alejander Cockburn (Bogotá, Ediciones Uniandes, 1993).
La obra de arte que acompaña esta entrega es "Desbravadores de Florestas", del pintor brasileño Cándido Portinari (óleo sobre tela, 1951). Portinari es un artista que reflejó con gran intensidad la dura realidad social de su país durante el siglo XX. Aunque siguió un estilo pictórico diferente, sus concepciones ideológicas y su actitud ante el rol social del artista son semejantes a las del argentino Antonio Berni o el mexicano Diego Rivera.
Tal vez pensar en esto nos ayude a encontrar caminos para un desarrollo sin destrucción.

Un gran abrazo a todos.

Antonio Elio Brailovsky

Cándido Portinari: "Desbravadores de florestas" -Río de Janeiro, Colección particular


LECCIONES INDÍGENAS: CENIZAS Y VIDA

Por Susanna Hecht y Alejander Cockburn

En la mayoría de los sistemas agrícolas sostenibles en el Amazonas y también en toda la América Latina tropical, el fuego desempeña un papel integral para hacer productiva la tierra para el uso huma­no. El fuego se une con otras actividades que compensan sus efectos potenciales de destrucción. La selva se tala al comienzo de la estación seca, en abril o mayo, dependiendo del lugar. Los pueblos indígenas como los kayapó se valen de indicadores biológicos como el floreci­miento de algunos árboles, la migración de los animales, y la astro­nomía para señalar el comienzo de la época de tala. Los troncos se dejan secar hasta agosto o septiembre, y luego se encienden las quemas. El período de quema es controlado cuidadosamente por los chamanes, conocedores diestros en el manejo del fuego. El florecimiento del árbol piqui, las constelaciones y los movimientos de los peces dic­tan el ciclo ritual que culmina en las quemas controladas. Se enciende teniendo en cuenta el tiempo y el clima, de manera que quemen troncos pequeños y medianos y las lianas pero que permanezcan bajo control. En las semanas anteriores a la quema, las mujeres kayapó, dueñas de los campos, plantan variedades de batata, y yuca que empiezan a germinar casi inmediatamente después de que el fuego se ha apagado, iniciando rápidamente la sucesión agrícola.

Después siembran plantas de ciclo corto como maíz, fríjoles, melones y calabazas que cubren rápidamente áreas extensas, además de las plantas de ciclo largo que pueden ser cosechadas en cualquier parte, entre seis meses y dos años después de la siembra. Los principios de la sucesión se mantienen con el uso de especies de ciclo corto que aprovechan bien la luz y que gradualmente dan paso a frutos leñosos. Los pimientos, el maíz, la calabaza, las plantas rastreras de crecimiento rápido, las batatas y los melones reflejan el tipo de plantas que se dan las etapas iniciales de la sucesión. El papel del solanum silvestre es ocupado por sus primos domesticados, los pimientos. Los fríjoles domesticados remedan las legumbres silvestres. La ubicua euforbia de la vegetación de sucesión encuentra su análogo en la yuca.

Los kayapó también recogen ramas carbonizadas y desechos, y encienden otra quema, llamada coivara en portugués, que proporciona "núcleos" especialmente fértiles dentro del campo. Las batatas, que prosperan con el potasio de las cenizas, se siembran y resiembran continuamente en estos lugares abiertos. Para prevenir el endurecimiento del suelo, las mujeres labran y aflojan el suelo con sus ma­chetes. Alrededor del perímetro del campo se apilan las cenizas y las ramas, y se queman. Allí se siembra el ñame —que se cosechará años más tarde—, las papayas, las piñas, el árbol urucu (la fuente de un hermosa pintura roja para el cuerpo y un excelente colorante para los alimentos: el annatto), y otras plantas útiles, medicinales, ritua­les y alimenticias. Los kayapó preparan la comida en los campos, y mueven por todas partes los fogones con la ceniza para que los nu­trientes frescos caigan donde se necesiten.

En la áreas donde crecen y se siembran las batatas, los kayapó prenden fuego a los residuos de la cosecha para proporcionar nutrien­tes al siguiente cultivo, para reducir los problemas de plagas en las plantas jóvenes y para controlar la maleza. La práctica de los kayapó de quemar porciones sustanciales de los campos de cultivo cuando las plantas aún están allí es inusitada. Muchos de los cultivos —los tipos de plantas que siembran— son resistentes al fuego, y los kayapó efec­túan una forma muy especializada de quemas "frías" controladas, para que las semillas que se conservan en el suelo y los tubérculos en los que basan su subsistencia no sean destruidos por el fuego. Cuando el terre­no deja de ser un área de producción de tubérculos se convierte en una fuente de productos perennes y de fauna. Con la siembra de arbustos y árboles que dan frutos para la vida silvestre, los estadios secundarios de sucesión se convierten en "jardines de animales".

Lo que los kayapó hacen puede ser interpretado fácilmente dentro de los términos de la ciencia del Primer Mundo. Los kayapó estimu­lan la sucesión de la selva en sus barbechos, asegurándose de que sus campos de cultivo incorporen los elementos necesarios para re­cuperar la selva, que con frecuencia es tan importante para ellos como la agricultura. Esto incluye la creación de condiciones ambien­tales favorables y la manipulación de los mismos procesos de suce­sión. Como hemos visto, en las selvas tropicales muchos de los nu­trientes se almacenan en las plantas mismas. Para hacer que estos nutrientes estén al alcance de los cultivos en crecimiento, la selva debe talarse y quemarse. En las quemas naturales y la agricultura nativa, las semillas que estaban en el suelo o las plantas sembradas antes o inmediatamente después de la quema, empiezan a germinar casi tan pronto como el suelo se enfría. Así las plantas empiezan a incorporar los nutrientes rápidamente y a almacenarlos en sus teji­dos. La pronta toma de los nutrientes disponibles por plantas que extienden sus raíces a diferentes profundidades y tienen ciclos de vida de duración diferente imita lo que sucede en la sucesión de plan­tas en el trópico. Las plantas de corta vida son remplazadas gradualmente por las de larga vida. El suelo no se compacta porque se trabaja minuciosamente, siempre tiene una cubierta de vegetación y por eso está protegido de la lluvia —que es el principal agente de la compac­tación del suelo— y así las plántulas de la selva se pueden establecer fácilmente. Los terrenos relativamente pequeños (aunque algunos sitios de agricultura ceremonial de los kayapó pueden tener más de 80 hectáreas), producen un microclima que recibe la influencia de la selva que los rodea. Las ardientes condiciones tan características de las pasturas amazónicas no se dan en estas zonas agrícolas indíge­nas. Además, animales y semillas de la selva vecina pueden llegar fácilmente al campo.

La manipulación de los barbechos es fundamental en el proceso de regeneración. Las selvas que surgen de los terrenos "abandonados" son tan "naturales" como los huertos mixtos europeos, con ovejas paciendo bajo la sombra de los árboles. Los kayapó trabajan los bar­bechos de varias maneras: deshaciéndose de algunas plantas, con­servando otras como las palmas, sembrando arbustos y árboles ne­cesarios, trasplantándolos, podándolos y abonándolos con huesos, ceniza y hojarasca. Realizan estas actividades con diferente intensi­dad, pero siempre acentúan el proceso de regeneración a través de la introducción de especies cuyas semillas y plántulas pueden haber sido destruidas por la quema. Esto fomenta la variedad de las espe­cies y la diversidad espacial del terreno, y así ayuda a confundir a los depredadores de plántulas y semillas. Además, al plantar y proteger especies vegetales cuyos frutos son comidos por animales, atraen al terreno una diversidad de vida silvestre y animales de caza.

Alrededor de las tres cuartas partes de todos los árboles de las selvas tropicales tienen frutos carnosos. Un indígena tembé que conversaba con el antropólogo y etnobotánico William Balée le contó que cerca del 90% de las frutas producidas por los árboles en un terreno de una hectárea en Maranhao eran consumidas por los animales de caza. Los kayapó también siembran más de 16 especies que producen frutas apetecidas no sólo por ellos sino también por los animales de caza. Estudiosos como Kent Redford, que se concentran en las inte­racciones de la vida silvestre, han demostrado que nueve de los once animales de caza preferidos y las siete aves más apetecidas comen frutas, y que más de 60 géneros de plantas frutales consumidas por estos animales se encuentran en los huertos amazónicos. Los árboles frutales sembrados buscan atraer la caza a los campos y ésta trae consigo semillas de otros árboles frutales y de la selva en sus excrementos. Una parte esencial del proceso de recuperación es hacer atractivos los huertos para los animales de caza.

De esta manera, la agricultura y el manejo de los barbechos ga­rantiza que selvas útiles y diversas sucederán a los cultivos. En com­paración con la sucesión natural, esta manipulación puede aumentar la diversidad de especies en un sitio dado. Un estudio tras otro han comprobado que incluso cuando las tribus se desplazan estos sitios no son abandonados.

CENIZAS Y MUERTE

En contraste con estos sensatos sistemas regenerativos encontra­mos, en el otro extremo, una consecuencia muy diferente de la ma­yoría de esos incendios que ardían furiosamente y que el satélite de NOAA avistó ese día de septiembre. Cientos, y a veces miles de hec­táreas son incendiadas simultáneamente. Grandes grupos de hom­bres sin tierra, que recorren el Amazonas buscando cualquier trabajo, son reunidos por contratistas —los empreiteiros— para limpiar las áreas por un dólar al día, incluyendo la comida. Al mismo tiempo, dos tractores D8, con una cadena de 40 mil kilos atada entre los dos, se baten por la selva derribando la vegetación crecida, dejándola lista para quemarla al final de la estación seca. La enorme dimensión del área y la ignorancia en el manejo del fuego en los que se encargan de incendiar la extensión, desencadena una tormenta de fuego. El calor es tan intenso que el fuego a veces se propaga a la selva que aún está en pie, especialmente a la que ya ha sido asolada por los buscadores de maderas valiosas. Miles de toneladas de carbono son expulsadas al aire, y la corriente ascendente causa turbulencias y remolinos de humo a cientos de metros sobre el suelo. El cielo se vuelve de un ocre sucio, y la mezcla de ceniza y polvo de las carreteras sin pavimentar se adhiere a la gente dándole un aspecto espectral y al paisaje la pátina de la muerte. La deforestación en el Amazonas alcanza ahora una tasa exponencial, con cada vez más millones de hectáreas de selva que son reducidas a polvo cada año.

Cuando las lluvias finalmente empiezan, pequeñas aeronaves so­brevuelan y zumban sobre el paisaje carbonizado, dispersando tone­ladas de semillas de pastos, (colonial guinea grass), brachiaria, e incluso a veces una o dos variedades de legumbres. En pocos meses, el panorama será una maraña exuberante de pasto, muñones de raíces y plántulas vagabundas de todas clases, pero todavía inadecua­das para apacentar el ganado. Al siguiente año se encenderá el fuego de formación, fogo de formaçao. Su propósito es reducir las plantas que compiten con los pastos por espacio y nutrientes. En el año si­guiente, vendrá el ganado cebú de orejas caídas, bovinos de un blanco lustroso, jorobados y ágiles, que fueron el orgullo y el vehículo del dios hindú Shiva.

Los pastos se dan bien mientras los nutrientes quemados en la selva están disponibles. Los pastos exóticos vienen de Africa y evo­lucionaron en suelos de las sabanas africanas, más ricos que los del Amazonas. Pero pronto son aplastados por los matorrales secunda­rios, conocidos en el Amazonas como juquira, el fruto bastardo de la selva y las pasturas. Los pastos se enfrentan al doble desafío del ganado que ramonea con ardor, y al terreno cada vez más hostil, desprovisto de sus nutrientes por la lluvia. El matorral, adaptado a las condiciones locales y con frecuencia con raíces mucho más profundas, empieza a inutilizar las pasturas como terrenos para apa­centar el ganado. En este punto el dueño de la tierra intentará con­trolar la maleza saturándola de herbicidas; el más popular es Tordon de Dow Chemical, cuyo ingrediente activo 2,4,5-T (dioxina), era cono­cido como el agente naranja en la guerra de Vietnam. Una estrategia menos costosa es enviar grupos de hombres a talar la maleza, dejarla secar y luego prenderle fuego.

Este patrón de quemas cada dos años, combinado con el remplazo de un sistema diverso por raquíticos monocultivos de pastos exóticos, agota rápidamente el suelo, hasta el extremo de impedir la regeneración. El suelo se compacta, volviéndose cada vez menos accesible para la germinación de semillas, y a veces casi anaeróbico. El microclima de las pasturas es cálido y seco, entre 5 y 11 grados centígrados por encima del de la selva, y por eso es extremadamente difícil para las plantas de la selva colonizar estas tierras y sobrevivir. Las semi­llas en el suelo, los tocones retoñados y las semillas provenientes de la selva vecina son destruidas por las quemas constantes. Las mico­rrizas y otros microrganismos no pueden resistir el entorno alterado, especialmente porque casi siempre crecen en plantas específicas. Co­mo las pasturas son hostiles para la fauna que podría traer semillas, sólo las especies cuyas semillas son arrastradas por el aire llegan allá. Éstas conforman una proporción muy pequeña de las semillas de la selva. Las plántulas sobreviven en un medio más o menos uni­forme, donde los depredadores de semillas, como los herbívoros, pue­den encontrar fácilmente sus víctimas. Una vez establecidas, las plantas están a merced de las correrías del depredador más voraz del Amazonas: la hormiga cortadora de hojas.

Las consecuencias de esta desastrosa aplicación del fuego se pue­den ver en miles de kilómetros cuadrados en el Amazonas, donde más de la mitad del área deforestada está abandonada a merced de los matorrales inútiles. El fuego, como lo sugieren Esquilo y la cosmolo­gía amazónica, es el origen de todas las artes del hombre, pero aquí no está controlado y su aplicación es torpe y brutal.

Y el colono, el villano de numerosos relatos sobre la rapiña en la selva, ¿qué hay de su uso del fuego? El área total de agricultura de los colonos en el Brasil es muy pequeña en comparación con las pas­turas de los hacendados, que ocupan el 90% de toda la tierra que termina siendo deforestada. No hay ninguna criatura como el colono o pequeño propietario del Amazonas. Estos campesinos de la selva vienen de diferentes lugares, poseen distintos niveles de capital y de conocimiento agrícola. Tienen diferentes ambiciones. Evidentemen­te los campesinos son los culpables de encender unas de estas quemas; los campesinos también especulan con la tierra y talan la selva para pasturas. Esto significa que la utilización del fuego y el cuidado de los terrenos de 90 hectáreas varían muchísimo. Los colonos del interior del Amazonas son del parecer de utilizar el fuego de manera prudente y de convertir sus campos en algo similar a los huertos de sucesión, bajo el patrón de reconstrucción de la selva de los indígenas.

Los colonos que convierten sus campos en monocultivos de arroz o pasturas están más dispuestos a seguir la quema destructiva.

La mayor parte de las tierras deforestadas para distintos propó­sitos en el Amazonas tarde o temprano terminará como pasturas. Estas altas selvas pueden tolerar un alto grado de alteración y recu­perarse, siempre y cuando la alteración no haya tocado a los polini­zadores, los agentes de dispersión de las semillas, ni los hábitats apropiados para la germinación y establecimiento de semillas. Un panorama variado de selvas de diferentes edades y en diferentes es­tadios de sucesión es más diverso que la selva de una sola edad, aunque ésta sea imponente. Pero la clase de destrucción practicada en el último cuarto de siglo impide la regeneración; los impactos no se limitan a las tierras deforestadas, son regionales y globales, y se extenderán con el tiempo.