Y nos seguimos inundando - Antonio Elio Brailovsky

Queridos amigos:

En las ultimas semanas, muchas de nuestras ciudades sufrieron graves inundaciones. A quienes administran esas ciudades, les suele resultar mas facil hablar de "catastrofes naturales", para eludir su responsabilidad en la construccion de esas catastrofes. No esta de mas repetir, una y otra vez, que las catastrofes naturales no existen. El desastre es la expresion social de un fenómeno natural.

Han sido décadas de irresponsabilidad las que llevaron a crear las condiciones para que cientos de miles de personas habitaran en terrenos inadecuados para vivienda. Esta situacion esta agravándose rápidamente porque el cambio climático hace que cada vez llueva más en las zonas húmedas. Para peor, la mayor parte de nuestros decisores politicos no tiene la menor idea de las profundas implicancias de este fenomeno sobre nuestra vida cotidiana, y no les interesa conocerlas.

Como siempre, para entender algo necesitamos saber su historia.

Con el correr de los años, las ciudades fueron creciendo y, en muchos casos, lo hicieron sobre sus valles de inundacion. En definitiva, eran zonas próximas, fáciles de ocupar y aún vacías. A veces eran tierras públicas que podían ser ocupadas gratuitamente por migrantes que se hacían una casa precaria, con los materiales que encontraban a mano. Otras, eran tierras baratas que fueron loteadas por empresas inescrupulosas, toleradas por el poder público. En ocasiones, los propios gobiernos construyeron barrios de viviendas populares sobre tierras baratas, sujetas a crecidas.

La urbanización de areas inundables incluye historias de muy fuerte corrupción politica y administrativa, ya que alguien tuvo que permitir el loteo de terrenos inadecuados para el uso urbano.

Son, entonces, dos fenomenos paralelos que confluyen para asentar población en áreas inundables. Por una parte, los valles de inundación de los arroyos son la ubicación previsible de las villas miseria, las favelas, callampas o cantegriles de todo el continente. Simplemente, sus habitantes no tienen el acceso económico a tierras mejores. Pueden ser los amplios valles de inundación de los arroyos del Gran Buenos Aires, que a veces tienen una pendiente tan escasa que se requiere un ojo entrenado para detectar sus límites. O las zonas próximas al río Mapocho, en Santiago de Chile, o las profundas correderas que llevan al Guayre, en Caracas.

A partir de 1930, el proceso industrial acelera la urbanización vertiginosa y obliga a utilizar todos los espacios disponibles. Esto hace cada vez mas fuerte la presión social y económica para ocupar los terrenos bajos. Buenos Aires debe crecer, sin que importe cómo ni dónde lo haga.

Una vez ocupadas las áreas inundables, se comienzan a pensar obras para tratar de paliar las consecuencias de esa ocupación. Es decir, que primero se hace el negocio inmobiliario con tierras inadecuadas y después se hace el negocio de la obra pública que tal vez logre corregir un problema que nunca debió haber existido.

A nosotros nos resultan importantes estos datos como reflejo de una sociedad que necesita ocupar todas las tierras posibles y que necesita creer en su capacidad ilimitada para dominar los fenómenos naturales. Por eso, despues de cada obra de atenuación de crecidas se anuncia que se ha logrado "la solución definitiva".

Pero lo sugestivo es que no son sólo los pobres los que se inundan. El descenso de las ciudades hacia los valles de inundación de ríos y arroyos es una parte muy importante de su proceso de expansión y no fue tenida en cuenta en todas sus implicancias. Basta con ver en los diarios de este período las fotos de las inundaciones urbanas o ver también las fotografías de inundaciones actuales, que afectan viviendas construidas en este período. En algunos casos, se trata, previsiblemente, de viviendas autoconstruidas por pobladores marginales.

Pero con mucha frecuencia nos encontramos con obras hechas por profesionales de la arquitectura y el urbanismo emplazadas en areas inundables. Lo que nos lleva a pensar en terminos de un cierto estilo de formación profesional que desestima todo lo que no puede incorporarse al tablero de dibujo. Precisamente, el ambiente (o, en este caso, los ritmos de la naturaleza) es aquello que cae fuera del tablero, pero debería caer adentro del proyecto.

En esta entrega, ustedes reciben:

Un texto poco conocido con el testimonio del escritor y periodista Roberto Arlt, ("Agua, viento y silencio") quien recorrió en un carro las calles de la Boca durante la inundación del 15 de abril de 1940, poco después de realizarse obras que "habían solucionado completamente el problema". Para darles el contexto diremos que los datos periodisticos sobre la inundación de Buenos Aires de 1940, nos muestran amplias zonas debajo del agua. Ni siquiera hubo una adecuada previsión al decidir donde se construia una obra de envergadura como lo es la destilería de YPF en La Plata. que quedó completamente inundada. Agreguemos que en las calles de Palermo, Belgrano, Nuñez y Saavedra la altura del agua alcanzo los dos metros y que esa catástrofe costó por lo menos 24 muertes que un planeamiento urbano mas sensato hubiera evitado.

La obra de arte que acompaña esta entrega es "Amor de Madre", del español Antonio Muñoz Degrain (1840-1924), quien fuera maestro de Pablo Picasso. Aqui muestra un episodio tragico de la gran riada del Guadalquivir del año 1912.

Un gran abrazo a todos.

Antonio Elio Brailovsky

Antonio Muñoz Degrain: "Amor de Madre", 1912.
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Agua, Viento y Silencio (en Diario El Mundo, 16 de abril de 1940.)

Por Roberto Arlt

-A cuarenta, ida y vuelta, hasta el puente. A cuarenta, ida y vuelta.

En Almirante Brown y Brasil subimos a una chata. Son las 5 de la tarde. La oscuridad rayada de agua lenta amenaza mas aguaceros. Entre las tablas de la chata se aprieta una multitud oscura. Avanzamos lentamente.

La Boca se ha transformado en una ciudad muerta y gris.

Hileras de fachadas desiertas de gente, con ventanas inciertas, con balcones vacios, con puertas de comercio en cuyos tableros el agua mansa ondula muescas aceitosas.

-Vea el agua adentro de ese negocio.

Una mano señala una vidriera a traves de cuyo cristal una sabana azulada se extiende quieta de muro a muro. Luego silencio. Vacio. Unicamente el viento que sacude el follaje. De tanto en tanto un hombre con un pantalon arrollado en los muslos, un bulto entre los brazos, cruza fantasmal la sabana de agua.

En las calles transversales a Almirante Brown, la superficie de agua llega hasta los apoyamanos de las hileras de las ventanas.

Ni una sola luz tras de los vidrios. Todas las puertas cerradas, como si la ciudad hubiera sido sorprendida por el terror. Hay callejones cavernosos, abismales, oscuramente nitidos sobre su inmovil calzada de cristal. En algunos cruces de calle, bultos rectangulares de carruajes abandonados.

-Hasta aqui llegaba el agua esta mañana.

Una mano señala en la oscuridad una raya fangosa tendida horizontalmente en la capota de un coche. La chata avanza siempre, lenta, arrastrada por sus cadeneros. Sobre la chata hay quien comenta:

-Hace veinte años que vivo en la Boca. Nunca se vio nada igual.

De pronto un rayo de luna sobre las aguas. Es el haz de luz plateada de una linterna sorda. La luna se esconde detras de un grueso biombo de nubes. Garua.

Pero lo espantable es el silencio pesante entre fachada y fachada. La oscuridad detras de todos los ventanales. La falta de gente que grite o se queje. Silencio, silencio, silencio. Como en la atmosfera gris de una pesadilla. En la calle Ayala un bote cruza silencioso hacia el interior de la ciudad abandonada. Su barquero parece Caronte, el de la barca infernal. Alguien dice bajo el capuchon de su impermeable:

-Esta mañana, en Nueva Pompeya, la correntada casi arrastra dos ataudes con los muertos adentro.

Por fin llegamos al puente de Almirante Brown. Junto a una columna de alumbrado una garita tumbada. El agua de la calle rueda en el rio oscuro, hacia el puente abanonado. Los ojos de buey de una nave solitaria, unicamente iluminada en aquella atmosfera de pesadilla gris llegan hasta el nivel del espejo de agua. Junto a la entrada del puente un omnibus abandonado con los cristales rotos.

En la chata alguien pregunta:

-¿Y la gente? ¿Donde esta la gente?

Otro responde:

-Se han escapado a Buenos Aires, Con los valores que tenian.

Otra voz:

-Tambien se han refugiado en los segundos pisos.

Miramos hacia las balconadas de los segundos pisos. Nada. Nadie. Oscuridad, silencio, murmullo suave de viento en los ramojos, un espejo de agua quieta y negra abajo, detenida en los tableros de los comercios. De tanto en tanto un hombre con los pantalones arrollados en los muslos entra en una calle donde todavia hay la altura de un metro de agua.

Un pasajero del carro le explica a otro:

-Los que se han ido han dejado las puertas cerradas para que la correntada no les lleve los muebles y las ropas a la calle.

Uno se imagina el zangoloteo siniestro entre las cuatro paredes. Los muebles descolados, la catastrofe que ha rodado sobre la cabeza de esta pobre gente.

Lentamente, la chata emprende el regreso. Todos mirando la sabana de agua piensan en el castigo desplomado sobre esa poblacion evadida, cuyas fachadas de balcones sin luz, de postigos cerrados, de zaguanes cavernosos, dan testimonio de la tremenda desgracia que los dispersara. Comienza a lloviznar otra vez .

Un gran abrazo a todos.
Antonio Elio Brailovsky