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El monocultivo de cerebros - ANTONIO E. BRAILOVSKY -  02/04/2008

En los últimos días una intensa protesta agraria ha bloqueado las rutas argentinas y desabastecido carnicerías y supermercados.

El rico anecdotario de este episodio incluye cortes de ruta con tractores costosísimos, cacerolazos en Plaza de Mayo, algunos hechos menores de violencia y la destrucción de cantidades significativas de alimentos. En estos días se unieron en el reclamo quienes se odiaban, como los latifundistas más tradicionales, los representantes de los pequeños productores agrarios y algunos grupos de ultraizquierda.

Esta conmoción, sin embargo, se produce sólo por cuestiones de dinero. Lo único que se discute es cómo se distribuye la renta que se obtiene de las ventas de soja al exterior. Y es que la sojización ha permitido el crecimiento de la economía sin pasar por el mercado interno. Así, ha logrado el milagro de venderle a personas diferentes de los trabajadores del país. De este modo, se puede mantener una expansión económica y concentrar ganancias, pagando salarios muy bajos. En otras palabras, permite pagar los salarios en pesos y cobrar la soja en dólares.

Pero como el conflicto ha sido sólo por cuestiones de dinero (los impuestos que deben pagar los productores rurales), las cuestiones de fondo han quedado fuera del debate. No se habló del tremendo impacto ambiental que está produciendo el monocultivo, especialmente cuando se arrasan los bosques, sabiendo que en pocos años se perderán suelos que tardaron siglos en formarse.

Y tampoco se habla del uso indebido de agroquímicos y el modo en que afectan el aprovisionamiento de agua potable.

El debate también esconde las difíciles condiciones sociales del campo. Si hablamos del agro, ¿no sería adecuado incluir, por ejemplo, a los indígenas chaqueños, que vivían de la cosecha del algodón, hoy reemplazado por la soja? ¿Alguien fue a ver qué pasa con ellos y con tantos otros grupos pauperizados por el boom de la soja? ¿O no queremos ver de qué modo la producción de alimentos puede generar desnutrición?

Esta negación de la realidad socioambiental es lo que Raúl Montenegro denomina el monocultivo de cerebros.

En esta entrega ustedes reciben:

- Un texto del Dr. Raúl Montenegro sobre lo que este conflicto esconde y los actores sociales que deja afuera.

- La obra de arte que acompaña esta entrega es "¡Por 80 centésimos!" del italiano Angelo Morbelli (1853-1919), que muestra el trabajo de las cultivadoras de arroz hace un siglo. Esta pintura nos recuerda que la vida de los trabajadores rurales no es idílica y que las cuestiones sociales no pueden quedar fuera del debate. Tampoco pueden quedar afuera los temas de género ni seguirse invisibilizando a la mujer rural.

Un gran abrazo a todos.

Antonio Elio Brailovsky

Angelo Morbelli, italiano: "¡Por 80 centésimos!"

EL MONOCULTIVO DE CEREBROS

Por Raúl A. Montenegro

Qué duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías. Qué duro es ver que el gobierno nacional y los ruralistas luchan entre sí cuando son cómplices necesarios del país sojero.

Qué duro es ver cacerolas relucientes y llenas de soja RR en el asfalto civilizado de Buenos Aires. Que duro es ver las cacerolas renegridas y sin tierra de los campesinos de Santiago del Estero.

Que duro es ver a los estudiantes de universidades argentinas con sus carteles de apoyo a los ruralistas en huelga, como si Monsanto y el Che Guevara pudieran darse la mano. Que duro es recordar que esas cacerolas relucientes, esos estudiantes movilizados y esas familias temerosas del desabastecimiento no salieron a la calle cuando los terratenientes de este siglo XXI expulsaron a familias y pueblos enteros para plantar su soja maldita.

Qué duro es ver la furia ruralista al amparo de reyes sojeros como el Grupo Grobocopatel. Qué duro es ver el rostro reseco de Doña Juana expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña Juana con sus muertos bajo la soja. Qué duro es ver que se cortan las rutas para que China y Europa no dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no deje de vender sus semillas y sus agroquímicos.

Qué duro es comprobar, con los dientes apretados, y con el corazón desierto y sin bosques, que nadie habló en nombre de los indígenas expulsados de sus territorios, de sus plantas medicinales, de su cultura y de su tiempo para que la soja y el glifosato sean los nuevos algarrobos y los nuevos duendes del monte.

Qué duro es ver con las manos y tocar con los ojos que nadie habló en nombre de los campesinos echados a topadora limpia, a bastonazos y a decisiones judiciales sin justicia para que ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las palas mecánicas con aire acondicionado.

Qué duro es saber que nadie habló en nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de plaguicidas. Qué duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y ciudadanos no saben que los suelos solo son fabricados por los bosques y ambientes nativos, y nunca por los cultivos industriales.

Qué duro es saber que para fabricar 2,5 centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1200 años, y que la soja los romperá en mucho menos tiempo. Qué duro es recordar que el 80% de los bosques nativos ya fue destrozado, y que funcionarios y productores no ven o no quieren ver que la única forma de tener un país más sustentable es conservar al mismo tiempo superficies equivalentes de ambientes naturales y de cultivos diversificados.

Qué duro es observar cómo se extingue el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destruyendo ese monte.

Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios públicos y el silencio de la gente buena. Qué duro es saber que miles de Argentinos están expuestos a las bajas dosis de plaguicidas, y que miles de personas enferman y mueren para que China y Europa puedan alimentar su ganado con soja.

Qué duro es saber que las bajas dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes y adultos, y que no sabemos cuántos de ellos enfermaron y murieron por culpa de las bajas dosis porque el estado no hace estudios epidemiológicos. Qué duro es saber que los bosques y ambientes nativos se desmoronan, que las cuencas hídricas donde se fabrica el agua son invadidas por cultivos, y que Argentina está exportando su genocidio sojero a la Amazonia Boliviana.

Qué duro es comprobar que las cacerolas relucientes son más fáciles de sacar que las topadoras y el monocultivo. Qué duro es comprobar que en nombre de las exportaciones se violan todos los días, impunemente, los derechos de generaciones de Argentinos que todavía no nacieron.

Qué duro es ver las imágenes por televisión, los piquetes y las cacerolas mientras las almas sin tierra de los campesinos y los indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni cacerolas que los defiendan.

Qué duro es comprobar que estas reflexiones escritas a medianoche solo circularán en la casi clandestinidad mientras Monsanto gira sus divisas a Estados Unidos, mientras las topadoras desmontan miles de hectáreas en nuestro chaco semiárido para que rápidamente tengamos 19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras miles de niños argentinos duermen sin saber que su sangre tiene plaguicidas, y que su país alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban agua.

Muy cerca de ellos las cacerolas abolladas vuelven a la cocina.
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Biólogo. Premio Nóbel Alternativo (Estocolmo, Suecia) Presidente de FUNAM (Fundación para la Defensa del Ambiente). Profesor Titular de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) montenegro@funam. org.ar

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