El conflicto con las papeleras - Antonio Elio Brailovsky

Queridos amigos:

Como ustedes saben, la Asamblea vecinal de Gualeguaychú acaba de levantar el bloqueo del puente internacional que vincula Argentina con Uruguay, bloqueo que se efectuaba en protesta por la construcción de dos plantas de pasta celulósica en Fray Bentos, Uruguay.

Una protesta de tres meses continuados de esa intensidad por un motivo ambiental es un hecho lo suficientemente inédito como para merecer algún comentario sobre los actores sociales involucrados. A esto se agregan las serias implicancias de las medidas tomadas. Recordemos que en la actualidad los únicos pasos internacionales que están cortados son los que vinculan Israel con Palestina.

Un puente cortado por la naturaleza
(Puente Saint Bénezét, Avignon, Francia)


Por unos pocos años, pareció que el tema ambiental había quedado olvidado en la Argentina. La crisis de diciembre del 2001 quitó de la agenda política y social todo lo que no fueran las cuestiones económicas inmediatas. La larga tarea de las organizaciones no gubernamentales ambientalistas (que se reflejó en las reformas constitucionales de la década de 1990) pareció quedar suspendida en el tiempo. En esos años recientes, la sociedad argentina olvidó los logros y reclamos ambientales.

Cuando el tema se reinicia, hay un cambio en los actores sociales. No lo hacen las mismas organizaciones ecologistas de toda la vida, sino que son nuevos grupos vecinales, como los de Esquel o Gualeguaychú. Estos nuevos grupos le dan vitalidad y masividad al reclamo ambiental, al precio de simplificar la mirada sobre los problemas. Esto tiene poca importancia para iniciar un conflicto, pero puede ser decisivo para definir su terminación.

Uno de los aspectos más controversiales de la teoría del conflicto social es la discusión sobre cuándo debe durar un conflicto. Es decir, en qué momento una de las partes activas decida que el riesgo de continuar es mayor que el beneficio que puede lograrse si prosigue el conflicto.

Dicho en términos de actualidad, ¿en qué momento era razonable detener el corte de rutas con Uruguay?

Digamos que Waterloo es un caso raro en el mundo real actual. Los conflictos sociales no suelen tener un final nítido con un ganador y un perdedor claros. En la jerga boxística, son más frecuentes los finales por puntos que por knock out.

¿Por qué parámetros guiarse, entonces? Tal vez por los cambios que el desarrollo del propio conflicto vaya generando.

Lewis Coser señala que un conflicto social puede provocar dos tipos de cambios bien diferentes (Coser, Lewis: "Nuevos aportes a la teoría del conflicto social", Buenos Aires, Amorrortu, 1970):

· Cambios en el sistema. Es decir, cambios dentro de las reglas de juego del sistema social en el que ocurre. Todo sistema social tiene algún grado de flexibilidad que permite cambios en su interior. Por ejemplo, es el caso de una huelga que logra un aumento salarial.

· Cambios del sistema. Cuando el conflicto es tan intenso y el sistema social tan frágil que el sistema social se rompe y da lugar a un ordenamiento con reglas del juego diferentes. Sería el caso de la caída de los regímenes socialistas de la Europa del Este.

Trasladado este esquema al corte de las rutas internacionales por parte de los vecinos de Entre Ríos, vemos que hacía tiempo ya habían logrado todo lo que podían lograr dentro de las reglas de juego del sistema en el que estamos viviendo:

· Lograron que nuestras autoridades se hicieran cargo de la gravedad de un problema ambiental que muchos consideramos que habían subestimado.

· Lograron un reclamo diplomático para el diálogo entre científicos.

· Lograron el compromiso de una presentación ante los Tribunales internacionales.

· Lograron la apertura de una discusión con la participación personal de los Presidentes de ambos países.

¿Puede lograr algo más la asamblea vecinal de una ciudad pequeña como la de Gualeguaychú? Realmente, creo que no. Sin embargo, siguieron cortando el puente internacional durante mucho más tiempo, sin podewr pon erse de acuerdo sobre el momento de detener la medida de protesta.

Un motivo es que hubo un equívoco que sobrevoló estas acciones y se relaciona con la misma consigna de “No a las papeleras”. Y es que el tratamiento de estas inversiones por parte de los sucesivos Gobiernos uruguayos está plagado de errores. Desde los contratos leoninos firmados por el Gobierno anterior hasta las afirmaciones del actual Presidente uruguayo en el sentido que las empresas "se controlarían a sí mismas".

Pero son errores cometidos por un país soberano. El Tratado del Río Uruguay no deroga la soberanía de la República Oriental de Uruguay. Solamente los obliga a la consulta y el consenso, que es lo que se está tratando de lograr.

Por el contrario, la propuesta de máxima, que es que el Uruguay abandone estos proyectos sería un cambio completo del sistema, volviendo al esquema de Coser. Es demasiado pedir para un país que hace mucho años viene apostando a este modelo de desarrollo.

¿Cuál es la lógica de pedir algo de cumplimiento imposible para la otra parte? Sin duda, la de mantener una intensa movilización social, la que no se logra cuando se pide algo posible. Por supuesto, que el precio que se paga es alto y es que tarde o temprano ese movimiento social termina deshaciéndose con la misma rapidez con la que se formó.

En este diferendo con Uruguay, la sociedad argentina necesita de la actitud militante de los vecinos de Entre Ríos. Pero también necesita de una visión realista que no bloquee los logros posibles. Lo que puede obtenerse es un razonable control ambiental de esas fábricas. Y ésa tendrá que ser la tarea de la diplomacia en la próxima etapa.

La imagen que acompaña a este mensaje muestra al puente Saint Bénézet, ubicado en Avignon, Francia, sobre el río Ródano. En 1177, el joven Bénézet, cura de Avignon, escucha voces celestiales que le ordenan construir un puente. Un ángel lo lleva hasta el sitio donde debe levantarlo. Anuncia su misión, predica durante un eclipse de sol y lo toman por loco hasta que convence al pueblo llevando sin esfuerzo unas piedras gigantescas, que formarán los cimientos. Se organiza un cuerpo de voluntarios y entre todos levantan el famoso puente de Avignon, el mismo en el que todos cantan y bailan. El ángel no siguió colaborando, por lo que el puente no ha durado hasta nosotros: una creciente del río se lo llevó en sus dos terceras partes.

Un gran abrazo a todos.
Antonio Elio Brailovsky